El Corazón de Camila


There is nothing to fear but fear itself.
Franklin D. Roosevelt

Camila no está segura, mira a través de las ventanas y teme. Teme nadar entre las aguas de una calle cada vez más iluminada por los niños y las risas. Camila quiere las sombras de su casa, lejos de las imágenes y los colores brillantes. Prefiere escuchar las voces que le hablan todo el tiempo. Ella sabe que afuera la gente se moja y a veces tiene frio. Hace algunos días ella misma inundó estas calles con sus lágrimas y sintió el corazón congelarse por ausencia y un olvido que terminó en sordera. Sin darse cuenta, Camila ya no escucha.

Durante las noches, enciende la radio y cree escuchar algo. La realidad es que su deseo de bailar es tan grande, que inventa los acordes de una canción imaginaria, estridente, llena de zumbidos y golpes bajos. Cierra los ojos, da vueltas por toda la habitación, se detiene por momentos, se acaricia, se estremece como si el ritmo se metiera en su pecho, sueña con los latidos de un abrazo que perdió entre la gente. Camila es inocente, vive en una trampa tejida por el gis de la fatalidad. La verdad es que se ha quedado sola.

Cuando llegó a esta casa todo era distinto.

Camila nació rodeada de cariños y besos suaves. Sus ojos iluminaban todas las habitaciones del mundo cada vez que descubrían un objeto nuevo. Su madre acostumbraba decir que Camila vivía en un mundo de fantasía, pero no es así; De niña podía ver la escencia de las cosas. Eso que nosotros llamamos espíritu, para ella, eran colores, formas abultadas y sonidos claros. Por eso su padre suspiraba cada vez que preguntaba "¿Porqué tu mirada es gris?". Es muy difícil explicar las cosas que no podemos ver ni escuchar ni tocar ni nombrar. Los ojos de Camila siguieron preguntando muchos años y aprendió a escuchar las voces que venían del interior, esas que siempre daban las respuestas.

El mundo terminó convirtiéndose en su propio cuerpo, el mundo de Camila se movía con la más tibia sensualidad. Dueña de su destino se sintió muy segura, conoció todos los colores posibles y en días de invierno creó una gama alternativa de sentimientos de los que nadie puede guardar memorias y que sirven para conservar el calor del corazón en inviernos blancos. Por eso no sufrió el frio de las noches de olvidos o pasiones muertas.

Hubo quienes pensaron que no pertenecía a este mundo, esa fue la raíz de su soledad.

Sin darse cuenta, empezó a olvidar el idioma de los otros. En ocasiones usaba las manos para expresarse, poco a poco dejó de hablar, hasta comunicarse con monosílabos apenas tirados, con descuido. A pesar de eso, seguía sonriendo, veía a la gente como gente y nada más, pero las voces del interior le mantenían muy ocupada. No tenía tiempo para sumergirse en la otra vida. Estas voces terminaron convirtiéndose en sus únicas amigas. A Camila la soledad le fue creciendo desde dentro.

Sus padres, fueron enmudeciendo, se convirtieron en una mueca incomprensible, un peso. Camila salía por las noches, vagaba entre las calles llenas de espíritus y aromas que daban vuelta en las esquinas. El silencio de la luna contrastaba con los movimientos de Camila, era como si hubiera una fiesta eterna, cada sombra, un nuevo amigo.

Pero las noches no terminaban en las calles. También están las estrellas.

Mirando al cielo, Camila encontró el amor y pasaba eternidades escuchando algo que ella bautizó como "el canto de amor infinito". Es muy peligroso enamorarse a solas, en la profundidad del egoísmo no hay besos ni abrazos tibios, no hay miradas sagradas o manos que sostienen.

Estos amores le trajeron la primera enfermedad, pasó mucho tiempo en cama, sudando una fiebre llena de visiones y susurros enfermos. Por única vez, deseó que las voces se callaran. Los amores a solas, también causan dolor.

Cuando despertó, todo era nuevo. Miró a su alrededor y acarició cada objeto con su mirada, se levantó girando entre las sábanas blancas, los muebles, la casa, las calles y los dedos del sol. Camila había vuelto al mundo de su infancia y cada paso era testigo de su vuelta. Hay espíritus que brillan y la luz de Camila se escapaba por toda su piel.

Camila recorrió las calles y toco a todos con su sonrisa. Se detuvo con cada persona y se interesaba por saber de qué se había perdido todo este tiempo. Las cosas habían cambiado mucho.

Una nueva sombra cayó en su corazón al descubrir la ausencia de sus padres. A pesar de recordarlos de un color gris pálido, la noticia trajo una carga inmensa de pesares y memorias marchitas. Entónces lloró, lloró amargamente por horas, días eternos. Su corazón se pintó de un color pardo, hélido y perdió el ritmo. Al volver a casa, las cosas se hacían pesadas, las escaleras, los cuadros, las cortinas, los recuerdos y el aire que respiraba con tanta dificultad. Se sintió cansada y volvió a dormir.

Al despertar comprendió que habían pasado todos los años y en los ojos le nació el miedo. Camila se había quedado sola.

Desde entonces, prefiere quedarse a obscuras y mirar la vida entre las cortinas de la memoria, no quiere salir más, ahora la gente es de un solo color y sus palabras son como gestos, no tienen sonido. En su interior, retumban las voces que le hablan todo el tiempo y tratan de consolarla, diciéndole verdades absolutas, pero para Camila la única verdad ineludible es que esta sola, vieja y sola.

Camila no está segura, pero cuando mira la vida desde su ventana, su corazón se hace pequeño y le duelen las manos al hacerse nudos, ¿Esto es amor? –pregunta insegura– pero las voces también se quedaron sordas y sólo hablan de verdades trascendentes, como una letanía. Eso sí, en ellas está toda la sabiduría, pero esto no consuela a Camila por que ahora no tiene con quién compartirlas. La soledad le creció tanto en el vientre que empezó a dar fruto, el miedo fue el primero y el único.

Camila no está segura, mira la vida desde su habitación y tiene escalofríos, se siente mejor cuando cierra las cortinas y duerme. Cree que la vida duele igual que la luz.

Camila no está segura, pero cree que se está muriendo
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® Víctor M. Torres